No bien llegué a territorio español, me acerqué a un ordenador y pulsé la tecla Quejas. Mi viejas convicciones pro libertarias me impulsaron a protestar contra el muro que algunos profesionales estaban levantando contra aquellos que, con voluntad y praxis amateur, querían sacar de su cajón más personal sus experiencias más íntimas y globalizarlas. Yo creía que con esa vasta pared de acero se proponían impedir la libre circulación de ideas, sensaciones y presentimientos, delimitar lo supuestamente bueno, lo suyo, de lo supuestamente mediocre, lo de los otros, y eso no me parecía bien. Pero el ordenador despejó la confusión de mi espíritu: -No es un muro -explicó-. Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige en memoria de aquellos textos con los que los periodistas especializados nos han dejado abrumados, sonriendo de obnubilación o de admiración-.
Entonces pulsé la tecla Dudas. Se me ocurrió plantear el caso de aquellos que aconsejan a los nuevos juntapalabras innovar para ascender al Olimpo de los dioses, su Olimpo. Mi duda era: ¿Cómo es posible que ellos, que permanecen en el inmovilismo más absoluto, se tomen la licencia de dar una receta que no son capaces de aplicarse?. Teniendo recursos materiales y personales a su disposición, contactos y movilidad ilimitada, no entendía que se enrocaran en una vetusta fórmula, noticias más análisis, y exigieran a los que carecen de medios que dieran con novedosos teoremas. Tampoco lograba comprender por qué, cuando los aficionados conseguían andar certeramente por un camino jamás transitado, no recibieran por parte de los adalides de la profesionalidad una palmadita en la espalda, ni fueran capaces de reconocer, estando los hechos de cuerpo presente, que la construcción de materiales a la vez sorprendentes, brillantes e infinitamente próximos no es privativa de un determinado curriculum. Los que tienen que abrir una brecha por la que han de circular nuevas corrientes son aquellos que se ganan el pan a golpe de pluma.
Pulsé la tecla Iniciativas. Pregunté si ya existía algún proyecto para fabricar una tinta mágica que fuera capaz de bañar el trabajo de la comunidad bloguera, para hacerlo invisible, día sí y día también, un año tras otro. Esa tinta podría evitar la molesta presencia de noticias de las que los profesionales del sector dejarán constancia sobre el papel un mes después, de fantásticos artículos de los que algunos hubieran querido ser el abajo firmante, de análisis de unos juegos que no merecen una puntuación superior a 70, de curiosidades no enunciadas en una simple línea y de reseñas de títulos que no pueden apellidarse triple A.
-No todavía-, informó el ordenador.
Volví a pulsar la tecla Iniciativas. Pregunté si a nadie se le había ocurrido parar esta guerra, fomentar, en definitiva, una política de brazos caídos y dar a cada cual el lugar que merece. Buenos y malos comunicadores los hay en ambos bandos y en ocasiones, sólo en ocasiones, la diferencia viene marcada por una acción mensual: mientras que unos ingresan su nómina, otros ordenan una transferencia para pagar el dominio. De paso, pensé, tampoco estaría mal que los blogueros dejaran de ser perros de presa, que fuera el lector y no los escribas los que depuraran el sector, y que no se limitaran a dar consejos y señalar con el dedo a sus compañeros de faena, sino que les enseñaran a hacer bien las cosas. Debe ser más fuerte el hilo que los une, el amor hacia los videojuegos, que la tijera que intenta separarlos. No es una llamada al corporativismo, es un canto a la paz.
-No todavía-, repitió el ordenador.
Regresé a la tecla Dudas. Pregunté: ¿No será un error pensar que todos, por definición, rinden pleitesía a las compañías de turno?. ¿No será un error fomentar que sobre aficionados y periodistas planee la sombra de la sospecha?. ¿No será un error creer que en un trigal es imposible encontrar amapolas?. Los que establecen un compromiso de sinceridad con sus lectores acudirán a la fuente, recibirán información de primera mano, analizarán el material brindado y darán una crítica positiva o negativa en base a sus apetitos, intereses y experiencias. Cada cual ha de hacerse a la mar y seguir su propio rumbo, pero su Estrella Polar siempre tiene que ser el respeto y la honestidad. Y es que, mal que pese, no se le puede cerrar la puerta al lenguaje sentipensante, las compañías, los desarrolladores particulares y las delegaciones tienen que estar preparadas para las caricias y las bofetadas, contar con los diferentes tipos de medios e impedir la puesta en marcha de ejercicios coercitivos. Con cibernética impaciencia, la máquina me cortó el discurso y puso todo en su lugar. -No existe un patrón perenne -explicó-. La cosas que fueron buenas ayer puede que no lo sean hoy. Las cosas buenas de hoy pueden ser las cosas malas de mañana-.
Yo agradecí la información, pero pedí al ordenador que me diera un ejemplo, sin ánimo de abusar de la buena voluntad de la tecnología.
-Los press kits-, respondió la máquina.
En ese momento se me iluminó la cabeza. Me dí cuenta de que esa era una tremenda verdad: ayer las copias promocionales, cuando llegaban sólo a las editoriales, eran buenas, incluso podría decirse que lógica su recepción, pero hoy, cuando aterrizan también en la casa particular de un bloguero, son malas. Malísimas. Ignorante de mí, pregunté: ¿por qué no han de recibirlas si, al fin al cabo, son su materia prima?. Si se escribe sobre videojuegos habrá que rodearse de ellos y ganarse la credibilidad con trabajos veraces e independientes. Presuponer que una obra viene provista de un manual de acción, que bien podría titularse libertad guiada, es tan malo como dar una falsa crítica positiva para que siga corriendo el grifo de los regalos compensatorios. Cuando un crítico culinario acude a un restaurante para valorar la calidad de lo que se cuece en sus fogones, dije para mis adentros, el chef debe ocuparse de que le sean servidos los platos pedidos y, si fuera menester, aceptar con humildad una evaluación poco favorable sin tomar represalias contra el firmante de la misma, así como mejorar para llegar a obtener cinco tenedores. Además, pensé, se infravalora al usuario cuando se cree que, en una época marcada por las betas, las demos y los alquileres, en la que está emergiendo el concepto de auteur con la misma fuerza desmedida con la que ya apareció en otras disciplinas culturales y en la que las franquicias se han convertido en las gallinas de los huevos de oro, tiene más peso sobre la decisión de compra un número calificativo plasmado en una página digital, cual puntuación en Olimpiada, que el propio bagaje personal del consumidor, la opinión de sus más allegados o el poder de la envidia. Entonces el ordenador se desconectó. Y yo me quedé sin saber si la batalla entre profesionales y amateur se podría dar por concluida en un futuro próximo o tendría que ir en busca de más munición, si los que se encuentran en una posición aventajada cejarían, de una vez por todas, de eregirse como modelos, si las compañías abandonarían su postura conmigo o contra mí, si los blogueros dejarían de segar la hierba bajo los pies de sus compañeros y si, en este sector, la tolerancia sería sustituida por la igualancia.
La máquina se negó a seguir funcionando. No me sorprendió. Yo nunca he tenido confianza en los ordenadores. Siempre he sospechado que ellos beben de noche, cuando nadie los ve.








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