Coleccionistas de consolas y/o videojuegos antiguos hay a montones pero los que poseen un museo particular realmente destacable son muchos menos. Yo mismo pertenezco a esa amplia mayoría dedicada a comprar productos de segunda mano que les aporten recuerdos de su infacia sin importarle si son ediciones raras, comunes o gastadas hasta el exceso. Francamente, hay que tener un olfato especial, y mucho dinero, para conseguir algo como esto: la habitación de nuestros sueños. No sé qué es más impresionante, si la tremenda colección que Pete, el dueño de todo lo que véis, ha logrado con el tiempo o el perfecto orden impuesto en una sala con más de treinta máquinas y cientos de juegos. Cualquier otra persona habría muerto en el intento. Ahora me avergonzaré cada vez que saque mi Game Gear del cajón.
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